|
DE CÓMO EL CRISTO CAYÓ MALO, DEL TESTAMENTO QUE HIZO, Y SU MUERTE
Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios, hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres y como la de Cristo no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya, llegó su fin, fuese por el propio tormento, por la melancolía que le causaba el verse vencido o por la disposición del cielo que así lo ordenaba.
Rogó Cristo a Dimas y Gestas que guardaran silencio y en el reposo y calma del dolor, quedóse dormido al instante, tan profundamente que su madre y la Magdalena, a los pies del madero, creyeron que se había de quedar en el sueño. Despertó al cabo y dando una gran voz, dijo:
- ¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, sus misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres.
Estuvo atenta la Magdalena a sus razones, pareciéronle más concertadas que las que solía decirlas, a lo menos, en aquel tormento, y preguntóle:
- ¿Qué es lo que decís, señor, qué misericordias son éstas o qué pecados de los hombres?
- Las misericordias- respondió Cristo- son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, nada impiden mis pecados. Yo ya tengo juicio libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia- Y alzando la vencida cabeza, se volvió a la multitud:
- ¡Dadme albricias, buenos señores, que ya no soy Cristo, rey de los Judíos, sino Jesús, hijo de José, carpintero de Belén! Ya conozco mi necedad y el peligro en que me ha puesto y que por misericordia de Dios, escarmentado en cabeza propia, aborrezco mis andanzas.
Cuando esto le oyeron decir, creyeron que alguna nueva locura le había tomado. Y el jefe de la guardia, un centurión que conocía sus predicamentos, le dijo:
- Ahora, señor Cristo que habéis clamado la buena nueva con vuestra condena, ¿salís con esto? ¿Y ahora que habéis hecho pescadores de hombres, que por Oriente y Occidente llevarán la Palabra, queréis volver a vuestras tablas? Callaos, por vuestra vida y dejaos de cuentos.
- Los de hasta aquí- replicó Cristo- que han sido verdaderos en mi daño y se han de volver, con ayuda del cielo, en mi provecho, con el arrepentimiento al que me entrego. Señores, siento llorar mi vida, amenazada por la muerte en esta cruz… Ya llegó lejos la burla. Bajadme de estos maderos, sacadme estos clavos que hiérenme los miembros y esta ingrata corona de sal que araña mis sienes y volvedme a la tierra, de la que soy tan hijo como gustoso súbdito del César, al que naturalmente adoro.
Miráronse unos a otros, admirados de estas nuevas razones, hasta que, a una señal del centurión mayor, dio Longinos un paso hacia el Cristo y alanceándole un costado, terminó por darle muerte.
(Basado en el Capítulo LXXIV y último, II Parte de El Ingenioso Hidalgo D. Quijote de La Mancha, de M. de Cervantes, a quien pido, muy humildemente, disculpas)
|